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Pensamiento Nacional y Academia. Por Juan Godoy*

“Escritor nacional es aquel que se enfrenta con su  propia circunstancia, pensando en el país y no en sí mismo”. (Hernández Arregui, 2004: 19)

 

“un día se oyó en las calles de Buenos Aires el grito de “Libros no, alpargatas sí”. Muchos se escandalizaron. Primero que nadir, los que habían escrito libros que valían menos que una alpargata. Pero la mayoría comprendió: con ese grito se estaba repudiando a una clase intelectual que vivía de espaldas al país y a su hombre”. (Cooke, 2010: 71)

 

           Más de cien años pasaron que José Martí reclamara: “la universidad europea debe ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas hasta acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras Repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras Repúblicas” (Martí, 2005: 12), por citar un caso emblemático de los tantos que han reclamado que la universidad se ligue a las necesidades nacionales, y a la tradición de pensamiento latinoamericana. Esas ideas, dejando de lado algunos momentos y proyectos particulares, no han logrado penetrar las instituciones educativas. El eurocentrismo, enciclopedismo y el estar de espaldas a las necesidades de la patria es lo que ha predominado.

 

            En este marco, la corriente de pensamiento nacional ha sido francamente ninguneada o negada en los ámbitos académicos. Hoy día después de una década de varios proyectos nacionales-populares en nuestro continente, la situación dista de ser diferente sobre todo en las universidades tradicionales[1]. Asistimos reiteradamente a personajes, algunos lamentablemente desde el “campo nacional”, que resisten a adoptar una matriz de pensamiento nacional, sostienen que es “poco serio”, que ya está “pasado de moda”, que esas categorías no se aplican más, y que es necesario estar acorde al siglo XXI. Argumedo afirma al respecto que“hay un sentido común difundido en las ciencias sociales, según el cual determinadas corrientes teóricas son las corrientes teóricas; fuera de ellas sólo se dan opacidades, manifestaciones confusas, malas copias de los originales. Las vertientes de corte nacional y popular en América Latina tradicionalmente han caído dentro de  esta última categoría”. (Argumedo, 2002: 10)

 

Llamativo resulta que los que enuncian este discurso suelen adoptar marcos teóricos del siglo XVIII y XIX, y realizados en realidades muy lejanas a las nuestras. Evidentemente, hay que decirlo:civilización y barbarie cala profundo, aún hoy en los pasillos de nuestras universidades, porque al fin y al cabo no deja de ser un pensamiento pre-juicioso que considera que lo ajeno (Europeo o Norteamericano claro), es mejor por el mero hecho de serlo que lo nacional, que es “malo” también por el mero hecho de serlo. Así, la importación acrítica de ideas aparece de sobremanera, por eso Ricardo Rojas advierte: “a causa del vacío enciclopedismo y la simiesca manía de imitación, que nos llevara a estériles estudios universales, en detrimento de una fecunda educación nacional”. (Rojas, 1971: 137)

 

Desde este esquema teórico, sólo puede surgir un pensamiento a contrapelo de la patria y sus necesidades. Los académicos siguen pensando más que en nacional a partir de cualquier esquema lejano. El “fantasma de Sarmiento” recorre las aulas de nuestras universidades.

 

Podría uno citar numerosos ejemplos de pensadores nacionales que han esbozado ideas similares a algunos pares europeos o norteamericanos muchos años antes, pero que la academia las adopta a partir de estos pensadores lejanos. Al parecer ¡un pensamiento “vale más” si está escrito en francés, inglés, ruso o alemán que en nuestra lengua! Es que, como lo sostiene Jauretche “la mentalidad colonial enseña a pensar el mundo desde afuera, y no desde adentro. El hombre de nuestra cultura no ve los fenómenos directamente sino que intenta interpretarlos a través de su reflexión en un espejo ajeno, a diferencia del hombre común, que guiado por su propio sentido práctico, ve el hecho y trata de interpretarlo sin otros elementos que los de su propia realidad”. (Jauretche, 2004; 112)

 


 

Basta recorrer las currículas de nuestras universidades y observar la enorme y casi excluyente presencia de pensadores europeos y norteamericanos, y la prácticamente ausencia total de escritores o pensadores latinoamericanos. Pareciera que los únicos que se pusieron a pensar la realidad son aquellos. Si uno hace el ejercicio de recorrer las currículas de los países con una cuestión nacional resuelta el resultado es, lógicamente,  diametralmente opuesto.

 

Universidades “europeas o norteamericanas” en suelo nacional, otra forma de penetración cultural de las potencias imperialistas. Esta penetración del pensamiento colonial en nuestras casas de Altos Estudios revela también la poca presencia no solo de egresados, sino de una dirigencia que “piense en nacional”. Es necesario resaltar que de la universidad ha salido mayormente la clase dirigente de nuestro país. Es más, muchos de los casos de dirigentes que piensan en esos términos nacionales han formado su conciencia fuera de estos ámbitos.

 

 

Esa relación estrecha entre academia y clase dirigente también es manifestación de la “soberbia intelectual” de los sectores medios (propios y ajenos, conscientemente o no), muchos de los cuales por su matriz de pensamiento piensan que solo los “blancos”, “formados académicamente”, “lindos”, que hablan pronunciando las letras “S”, son los que pueden dirigir los destinos del país. De ahí que Hernández Arregui con su pluma incisiva afirme que “esta “intelligentzia”, tanto de derecha como de “izquierda” se irrita ante los escritores genuinamente nacionales que son, en tanto hombres amasados a su pueblo, la mala conciencia que le recuerda, como una voz interior, su deserción de las luchas del pueblo. Más que el escritor nacional, lo que le resulta inadmisible lo que le resulta inadmisible, es que las masas argentinas representan no solo la alpargata sino la Cultura Nacional. El liberalismo colonial les endilgo que eran ellos, mandarines una ficticia “elite” intelectual, los depositarios de esa cultura. Pero la cultura es colectiva, creación anónima del pueblo. No de los intelectuales”. (Hernández Arregui, 2004: 20)


 

Cabe llamar la atención a una crítica que se hace al pensamiento nacional en tanto cerrazón frente a lo extranjero, lo que ya se ha repetido muchas veces, que las ideas no son nacionales por una cuestión geográfica, sino que se relaciona en tanto correspondencia de las mismas con las necesidades nacionales. Lo que se critica es la importación acrítica de las ideas solo por el hecho de haber germinado en algún rincón del planeta que se considera “civilizado” en detrimento de lo propio. Se incorporan las ideas como absolutas, no en lo que puedan ayudar al desarrollo de la cultura nacional, sino despreciando la misma, e intentando de reemplazarla.

 

            Muchas veces se achaca a las ideas nacionales la falta de rigurosidad metodológica, lo cual a veces consideramos es una de sus virtudes, no encerrarse en una “rigurosidad metodológica” que quita creatividad. Ya Wright Mills había discutido con este tipo de pensamiento estableciendo que era necesaria una ciencia social artesanal y sostiene la necesidad de no perder la imaginación sociológica, afirmando que “el concepto de la ciencia social que yo sustento no ha predominado últimamente. Mi concepto se opone a la ciencia social como conjunto de técnicas burocráticas que impiden la investigación social con sus pretensiones metodológicas, que congestionan el trabajo con conceptos oscurantistas o que lo trivializan interesándose en pequeños problemas sin relación con los problemas públicamente importantes”. (Mills, 1964: 39)   

 

El seguimiento de las herramientas metodológicas a rajatabla da lugar al fetichismo del método, “el individuo poseedor del método aprende la realidad social a través de la combinación de variables en el modelo formal, superando el momento de la operación científica, se “compromete”, se vuelve a meter en una realidad que por un momento consideró exterior (…) si la realidad no se adecúa al modelo la realidad no existe (…)“el conocimiento formal es empirismo acrítico, el fetichismo de los hechos inmutables, la creencia de una legalidad exterior a la producción humana de la naturaleza y la sociedad”(Carri, 1968: 52-53). El método pasa a dominar al investigador, lo constriñe, no lo deja crear, y lo que es peor el esquema abstracto no se “ajusta” a la realidad, sino que muchas veces es un pensamiento descontextualizado y/o apunta a “ajustar” la realidad en lugar de la idea.

 

            Al mismo tiempo, nos preguntamos por los criterios de validez, “las ciencias humanas tienen criterios para medir la relevancia. (…) La exposición pedagógica de esas teorías tiende a acompañarse de un distanciamiento entre los desarrollos conceptuales y los momentos históricos en los cuales se formularos; y también ocultar los deslices de autores consagrados que a veces dicen lo que no se debe. Sin desconocer tales criterios, creemos posible incluir otras variables para evaluar esa relevancia. Si millones de hombres y mujeres durante generaciones las sintieron como propias, ordenaron sus vidas alrededor de ellas y demasiadas veces encontraron la muerte al defenderlas, esas ideas son altamente relevantes para nosotros, sin importar el nivel de sistematización y rigurosidad expositiva que hayan alcanzado”. (Argumedo, 2002: 10)

 


 

De esta forma, a partir del estudio de nuestras particularidades como Continente y como país, establecer también otros criterios de validez de un pensamiento, pues sino se corre el riesgo (que es lo que sucede), de negar una corriente de pensamiento que ha calado profundo en el pueblo argentino y en las luchas por la emancipación a lo largo de estos años. Negar cualquier categoría de pensamiento que no siga el “canon” consagrado es cientificismo puro, y altivez frente a las tradiciones de pensamiento popular. Es miopía de la intelligentizia.Asimismo, estudiar a los autores desligados de su ideario político es una descontextualización muy severa que solo puede llevar a abordajes erróneos y superficiales. Así como también el desconocimiento profundo en las ciencias sociales del pasado de nuestra patria, de la historia de lucha del pueblo argentino lleva al “mismo puerto”. Además destacamos que las ideas deben ser “medidas” en su contexto, en tanto posibilidad de aplicación a la realidad.

 

            La pila de artículos académicos, o papers (como gusta decir a los academicistas), que crecen día a día, y que vale decir muy pocos leen, va de la mano con el incremento del desconocimiento de nuestra realidad, pues siguiendo marcos teóricos ajenos acríticamente solamente pueden hacer emerger análisis desconectados de nuestras necesidades. Aritz Recalde describe bien al academicismo, en tanto “la actividad intelectual pierde su sentido más allá de mejorar el salario de quien obtiene un título y de engordar el burocrático CV de los directores de tesis. La ciencia se burocratiza y se organiza como una carrera de mero rejunte de certificados (…) El saber sin un objetivo político predeterminado es abstracción académica y narcicismo pequeño burgués (y exhorta) las nuevas generaciones de universitarios y de hombres de cultura deben elegir entre escribir para su país y su pueblo o, meramente, para sí mismos o su cuenta bancaria”. (Recalde, 2016: 10)  A esos pensadores Oscar Varsavsky califica como cientificistas, en tanto adaptados al mercado científico y despreocupados por el significado social y político de su actividad. Los mismos  constituyen “un factor importante en el proceso de desnacionalización (…) refuerza nuestra dependencia cultural y económica, y nos hace satélites de ciertos polos mundiales de desarrollo”.(Varsavsky, 1969: 39)

 

            Asimismo, recorriendo los artículos y publicaciones académicas, más allá de lo subjetivo, difícil es encontrar obras que superen en profundidad e implicancia en la realidad concreta que las de Jauretche, Hernández Arregui, Jorge Abelardo Ramos, Fermín Chávez, José María Rosa, Scalabrini Ortíz, Norberto Galasso, Carlos Montenegro, Manuel Ugarte, Rufino Blanco Fombona, por nombrar algunos casos al azar. Esa corriente además es, según indica Francisco Pestanha, la más prolífica del siglo XX produciendo más de 20 mil libros. (Pestanha, 2015)

 

También es difícil encontrar a sujetos que hayan ordenado u ordenen sus vidas en tanto un conjunto de ideas emanadas desde la Academia, o bien hayan dado o den la misma por ese ideario como sucede con el nacional. Recordamos una carta en este sentido del emblemático Cacho Envar El Kadri a Hernández Arregui:“estimado compañero, usted tiene el mérito de ser uno de los pocos intelectuales que ha sido capaz de sembrar ideas por las cuales valga la pena morir o vivir peleando por su aplicación”. (Carta de Envar el Kadri a Hernández Arregui. 15-1-1970. Rep. en Piñeiro Iñíguez, 2007: 233)

 

Consideramos aquí que el pensamiento nacional nos nutre de un conjunto de herramientas que nos sirven para pensar el presente. El pensamiento nacional discute principalmente la cuestión nacional, se posiciona contra la dependencia la principal problemática de una nación semi-colonial que no ha logrado constituirse plenamente como tal. Así, muchas de las ideas y problemáticas que trata esta tradición de pensamiento son útiles para orientar y pensar nuestro presente. Pues, como enseña Norberto Galasso“pensar en nacional es, pues, en una semi-colonia como la Argentina, pensar revolucionariamente, cuestionando el orden impuesto por el Imperialismo, que no sólo es injusto y humillante sino que además, impide toda posibilidad de progreso histórico, es decir, cierra el paso a una auténtica Democracia participativa, al ascenso cultural y a las profundas transformaciones.”. (Galasso, 2008: 10)

 

De esta forma, consideramos que la crítica a la dependencia, el rompimiento de la colonización pedagógica aparece como fundamental para los pueblos que tienen una emancipación incompleta como el nuestro. De ahí la negación del mismo por parte del aparato cultural. Así, el pensamiento nacional aparece como instrumento poderoso para contribuir en el avance por la segunda y definitiva independencia.



 


[1] Las “nuevas” universidades han sido más permeables al ingreso de estas ideas a partir de ciertos impulsos de algunos actores o institucionales. No obstante, no deja de tener un lugar minoritario. 
 

* Mg. Metodología de la Investigación (UNLa). Lic. en Sociología (UBA)

 

Bibliografía

 

 

 

Argumedo, Alcira. (2002). Los silencios y las voces en América Latina. Notas sobre el pensamiento nacional y popular. Buenos Aires: Ediciones del Pensamiento Nacional.

 

Carri, Roberto. (1968). El formalismo en las ciencias sociales (1ra. Parte). Antropología - Tercer Mundo. 1, (1-6). Reedición Facsimilar de la Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires.

 

 

 

Cooke, John William. (2010). Duhalde, Eduardo Luis (Comp.). Obras Completas. Artículos periodísticos, reportajes, cartas y documentos (1947-1959). Tomo IV. Buenos Aires: Colihue.

 

 

 

Entrevista a Francisco Pestanha. Luces sobre el Pensamiento Nacional. Octubre 2015. Disponible enhttp://comunasargentinas.com.ar

 

 

 

Galasso, Norberto. (2008). ¿Cómo pensar la realidad nacional?. Crítica al pensamietno colonizado.Buenos Aires: Colihue.

 

 

 

Hernández Arregui, Juan José. (2004). Nacionalismo y liberación. Buenos Aires: Peña Lillo (Continente).

 

 

 

Jauretche, Arturo. (2004). Los Profetas del Odio y la Yapa los profetas. Buenos Aires: Corregidor.

 

Martí, José. (2005). Nuestra América y otros escritos. Buenos Aires: El andariego.

 

Mills, Wright. (1964). La imaginación sociológica. México: Fondo de Cultura Económica.

 

 

 

Piñeiro Iñiguez, Carlos. (2007). Hernández Arregui Intelectual Peronista. Pensar el nacionalismo popular desde el marxismo. Siglo XXI: Buenos Aires.

 

 

 

Recalde, Aritz. (2016). Intelectuales, peronismo y universidad. Buenos Aires: Punto de Encuentro.

 

 

 

Varsavsky, Oscar. (1969). Ciencia, política y cientificismo. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina.

Una de las cuestiones centrales, sino la central, en relación a la organización nacional en nuestro país en el siglo XIX es la discusión por la cuestión del puerto, la aduana y la renta de la misma. De ahí que Juan Bautista Alberdi afirme que “la federación argentina es una especie de alcancía en que todas las provincias guardan sus rentas, pero cuya llave está en manos de Buenos Aires y cuyo tesoro sólo sirve al que tiene la llave. La llave es el puerto de Buenos Aires”. (Alberdi, 2007: 88)[4] Agregando que “no son los unitarios y federales, son Buenos Aires y las provincias. Es una división de geografías, no de personas; es local, no política. Con razón cuando se averigua quiénes son los unitarios y federales y donde están, nadie los encuentra; y convienen todos en que esos partidos no existen hoy; lo que sí existe a la vista de todos es Buenos Aires y las provincias, alimentando a Buenos Aires”.(Ibídem: 94)

Buenos Aires, como provincia-metrópoli[5], acapara para sí la riqueza de toda la nación. De esta forma, el país no podrá darse una organización nacional por muchos años. Podemos citar como ejemplos que tanto la constitución del ’19, como la del ’26, realizadas a la medida de la ciudad-puerto[6] traen aparejadas, en tanto niegan al interior, gran cantidad de revueltas contra la prepotente Buenos Aires. “surgieron entonces jefes armados al mando de tropas irregulares que defendieron como pudieron “las autonomías” provinciales y resistieron la política absorbente de Buenos Aires. Los caudillos aparecieron cuando Moreno había dejado de existir y con él una política genuinamente nacional. Así nació el “federalismo”, resultado del despojo de la riqueza argentina por una solo provincia” (Ramos, 1986: 38).

Dos soluciones posibles al problema de la organización nacional, en relación a la renta de la aduana: 1) la nacionalización de la renta de la aduana, otorgándole el disfrute a la nación toda; 2) la separación de Buenos Aires y la conformación de dos estados. La historia nos mostrará las dos alternativas. La segunda alternativa se cumple cuando la ciudad-puerto conducida por Bartolomé Mitre, la oligarquía argentina en pleno (el principal oponente político de Roca), diera el golpe al interés de Urquiza de la nacionalización de la renta, y separara a Buenos Aires del resto de la Confederación (1854) por varios años, con tal de no repartir la renta; y la primera opción se va a dar cuando Roca federaliza finalmente la ciudad de Buenos Aires y la renta nacional.

Decíamos que la oligarquía representada por Bartolomé Mitre era el principal adversario del roquismo. De ahí que Ramos considere necesario diferenciar la oligarquía del patriciado en el análisis del ’80, y del ’90, pues a partir de ahí se fundirán en una misma clase para siempre. Mientras la oligarquía obtura la organización nacional por defender su situación privilegiada, el patriciado pretende organizar la nación (Ramos, 1973). Este enfrentamiento será muy fuerte, y marcará los años 80’s. Así el mitrismo que se había levantado contra la candidatura de otro candidato provinciano fuera de su égida de poder, Nicolás Avellaneda (en esta ocasión quien reprime el levantamiento en Santa Rosa es justamente Roca, lo que le hace ganar simpatías en el interior provinciano)[7], y lo volverá a hacer, esta vez de forma más sangrienta cuando éste deje el poder, y se imponga la figura de Roca, que pretende nacionalizar la Renta de la Aduana. Norberto Galasso argumenta que “la causa de las provincias interiores ya no se defiende a través de caudillos y montoneras (…) sino mediante la confluencia de clases con cierto poder económico (en general, propietarios de fincas), con sectores populares y el ejército, bajo la forma de la llamada Liga de Gobernadores” (Galasso, 2011: 470)

Así se dan las batallas de Puente Alsina y Los Corrales, la guerra civil deja 3 mil muertos, y al roquismo triunfante que federalizará finalmente Buenos Aires, la renta aduanera y el puerto. La Prensa porteña, expresión del mitrismo, exaltada contra el triunfo del interior escribe que Roca tenía “un odio implacable a Buenos Aires (era) una amenaza de muerte para el pueblo de Buenos Aires (lo calificaba de)raquítico, enano, de paso bamboleante, era un guaso que mira de soslayo, anda en los ranchos de Córdoba en mangas de camisa, vareando caballos y sacando para comer el cuchillo de la cintura (…) el símbolo de la barbarie, rodeado por caudillos de chiripá y con aro en la oreja y chupa de tabaco negro. Si triunfaba, los indios abrirían con sus chuzas las cajas fuertes de los bancos” (citado en Galasso, 2011, 530-531)

Alfredo Terzaga se pregunta por la base social del roquismo, ¿quiénes apoyaban este movimiento que estuvo en el centro de la escena nacional cerca de 30 años? Responde buscando quiénes le daban apoyo provincia por provincia, y encuentra que, entre otros sostenes, en la provincia de Mendoza entabla vínculos con el sector federal, como con Olascoaga, quien había sido jefe de la revolución de los colorados en 1866, asimismo con Francisco Civit, padre de Emilio que sería Ministro de Roca y que pretendía nacionalizar los ferrocarriles; en San Luis lo apoya el partido de los hermanos Juan Y Felipe Saá, y también Carlos  J. Rodríguez, otro jefe de Los Colorados, lo apoyan entonces de los más importantes líderes de la Revolución de Los Colorados; en Santiago, lo apoya Absalón Rojas, luego de eliminar la influencia mitrista de los Taboada; en La Rioja, lo apoyan los mismos sectores que habían apoyado al Cacho y a Felipe Varela, incluso Francisco Javier Álvarez, médico de la montonera; en Catamarca, lo sostiene Navarro que había reprimido el levantamiento del 74; en Santa Fe lo apoya Servando Bayo, un anti-mitrista que llegó a cerrar un “Banco Inglés” en nuestro país, por lo cual Manuel Quintana amenaza con bombardear Rosario, también lo apoyan los Iriondo, del viejo federalismo; en Entre Ríos logra el apuntalamiento con los hombres del ala popular del federalismo (los que habían estado con López Jordán), que apoyan al gobernador Eduardo Racedo, llega el apoyo de José Hernández, y también de quien se había opuesto a la guerra de la triple infamia, Olegario Andrade; en Córdoba: el gobernador Del Viso, y su Ministro Juárez Celman (cuñado Roca), tejen la red anti-mitrista del interior, sumado el apoyo de Salta, Jujuy y Tucumán son 12 provincias las que apoyan a Roca, quedando del otro bando solamente la Buenos Aires y Corrientes (Terzaga, 1976[8].T II).

A estas alianzas en las provincias, Terzaga suma el apoyo del Ejército, y también analiza la naturaleza del mismo a partir de considerar que el Ejército de la independencia desapareció, se disgregó, y se reconstituyó, y afirma que “ese ejército es la expresión “organizada” de la disolución de la vieja sociedad argentina” (Terzaga, 1976. T I: 240).  Los conflictos de la misma se trasladan al seno del ejército. La supresión casi absoluta de la montonera, las vías del ferrocarril en abanico que destruyen la manufactura local, y dejan un tendal de desocupados, etc. han hecho prácticamente disolver la vieja sociedad Argentina del interior, así los montoneros, peones, troperos, carreros, etc., constituyen una masa social expulsada hacia la marginalidad. El “nuevo ejército” se irá nutriendo de estos personajes que se alistan para escapar de su situación de indigencia (muchas veces reclutados a la fuerza). Este “nuevo ejército” rechaza al mitrismo, destructor del Paraguay y del Noroeste argentino.

Veamos brevemente algunas de las políticas del roquismo en el poder, y algunas de sus figuras más relevantes. Es una política dirigida a construir un estado nacional. La federalización de Buenos Aires, que ya mencionamos, es de suma relevancia, establece la unidad monetaria (antes circulaban varias monedas), facilitó la inmigración de judíos perseguidos de Polonia y Rusia, se dicta la ley de educación laica, obligatoria y gratuita ,golpe a la enseñanza confesional, y procura la consolidación nacional (Jauretche la critica en sus contenidos, la colonización pedagógica, pero la juzga progresiva), se incrementa un 100 % la matrícula, Magnasco en Educación presenta un proyecto destinado a reemplazar la educación enciclopedista, abstracta y universalista por una educación estrechamente vinculada con la realidad Argentina, especialmente atendiendo a las peculiaridades regionales, así como también de índole técnico-industrial, se crea el registro civil en el 84 de modo de registrar los nacimientos y las muertes, se da una alta inversión pública en el interior, en política exterior se fija soberanía sobre la Patagonia, y se arregla problemas limítrofes con Brasil, defiende la soberanía de Malvinas, crea la Doctrina Drago cuando se ataque a Venezuela por su deuda sentando un precedente importante en la materia, en relación a los ferrocarriles se incrementan los estatales en regiones que no le importaban a los británicos, se da una “batalla” con el FFCC Argentino (Scalabrini Ortíz rescata esta política en varias ocasiones), Civit como ministro denuncia el papel perjudicial al desarrollo de las tarifas, procura desarrollar líneas estatales, y llega a proponer la nacionalización, se traza el FFCC Rosario-Punta Alta (fuera de la lógica británica), se prohíben los ejércitos provinciales, se sanciona el código minero, mientras se encomienda a Bialet Massé un informe sobre la clase obrera, y luego se propone un código de trabajo (en el que trabaja, entre otros Ugarte y Bunge), en el que se propone, entre otras cuestiones: jornada de 8 horas, descanso semanal, salario mínimo, protección de niños y mujeres en el trabajo, responsabilidad patronal en accidentes de trabajo, etc., por otro lado, se dicta la Ley de Residencia (otra mancha de la historia del roquismo), Pellegrini propone la eliminación del salario, propone el reparto de ganancias entre los capitalistas y los trabajadores, se dicta el servicio militar obligatorio, se fomentan las bodegas en Cuyo, el azúcar en el norte, entre algunas medidas a destacar.

Arturo Jauretche, por su parte, coincide en términos generales con esta interpretación del roquismo. Los 80’s expresan la derrota de los porteños a manos de los provincianos “en esa medida el roquismo significa una integración nacional pues después de Pavón sólo habían contado los porteños y aporteñados. Ahora el poder estaba en manos de la “liga de gobernadores” y el caudillo del ejército, también provinciano” (Jauretche, 1967, 70). Evidentemente la ciudad-puerto pierde poder con los “chinos” de Roca. Con este movimiento aparece una idea industrialista, disonante (al menos en parte) de la Argentina agroexportadora, que terminará frustrada, entre otras cosas porque le faltaba el apoyo de las masas dice Jauretche, y agrega “no es todavía política nacional en lo económico, pero es una rectificación, una atenuación del pensamiento de Caseros (…) no llega con todo a constituir sino un mero atisbo de Política Nacional: ella sólo se integrará por la presencia del pueblo en el estado”. (Jauretche, 2008, 96-100). Esa presencia comenzará con la política de Yrigoyen, acerca del cual Roca (una vez terminada su vida política), le recomienda a Ricchieri que siga con el caudillo.

Finalmente el roquismo, dice un integrante del mismo, Eduardo Wilde, “se mitrifica” (Acerbi, 1999), es decir claudica. Ramos indica que lo que no pudieron las armas, lo hizo la estancia. Norberto Galasso (Galasso, Op. Cit.) argumenta que no significa que el roquismo haya querido quebrar el orden semi-colonial, la creciente influencia inglesa en la economía, la granja de su graciosa Majestad. La gran diferencia es que el mitrismo quiere llevarla hasta sus últimas consecuencias con la segregación de la provincia de Buenos Aires, y liquidar todo germen industrial; mientras que el roquismo pretende lograr cierto equilibrio que permita a través del gasto público en el interior, la protección de la industria y algunas defensas de la soberanía nacional en política exterior, un perfil menos oligárquico y menos porteño, que permita una cierta integración nacional. No obstante la derrota del mitrismo llega tarde, la economía ya estaba deformada por el imperialismo aliado a la oligarquía, el gobierno del ‘80 no puede impedir la apertura de la Argentina semi-colonia británica. Jauretche por su parte, sostiene que es el segundo fracaso de la burguesía nacional, sostiene Don Arturo: “los políticos provincianos se aporteñaron rápidamente a la vez que se afincaban como estancieros de la provincia de Buenos Aires. Juárez Celman estanciero dejará pronto de ser el “burrito cordobés”, como Roca y Avellaneda han dejado de ser tucumanos” (Jauretche, 1967 : 72) y agrega “el roquismo, como tentativa de grandeza nacional, se desintegra en las pampas vencido por los títulos de propiedad que adquieren sus primates, ahora estancieros de la Provincia de Buenos Aires” (Jauretche, 2004: 237).

 

* Artículo publicado en Agencia Paco Urondo

 

Notas

 

[1] Para un abordaje de otros de los más importantes exponentes del revisionismo histórico, como José María Rosa, Fermín Chávez, Ernesto Palacio, y Arturo Jauretche, véase: Pestanha, Francisco J. Roca y el revisionismo histórico. En http://nomeolvidesorg.com.ar/wpress/?p=2615

[2] Con respecto a la denominada “Conquista del Desierto”, Martínez Sarasola, a quien nadie podría calificar de anti-indigenista, nos acerca algunos datos interesantes: primero argumenta que la “conquista” comenzó mucho antes de la llevada a cabo por Roca como Ministro de Guerra de Avellaneda iniciada en 1879, argumenta que comenzó en 1820 bajo la Gobernación de Martín Rodríguez, siguió con Rivadavia (resalta que también el caudillo Estanislao López en tres “expediciones” asesinó a unos 160 mocovíes), destaca asimismo que la expedición de Juan Manuel de Rosas (1833-1834) es un hito porque se penetró profundamente los territorios indígenas, dejando 3200 muertos (no obstante la política de Rosas es por momentos de acuerdos y por momentos de represión). Se extiende así la “conquista” hasta 1899, correspondiendo al periodo 1821-1877 el 74 % de las muertes (9000 aprox.), y un 18 % al periodo 1878-1884 (2100 aprox.), el resto es posterior. (Martínez Sarasola, 1992). No obstante pensamos que la gravedad de las represiones no viene dada meramente por una cuestión cuantitativa, pero de todas formas “enmarca” la cuestión en un contexto más amplio, y facilita el entendimiento. Podríamos pensar también en las represiones de los gobiernos yrigoyenistas en la Patagonia, y en la Semana Trágica, o bien durante el gobierno de Juan Domingo Perón, la expulsión a las poblaciones originarias que habían recorrido 2 mil kilómetros para que se les reconociera la propiedad de las tierras en el denominado Malón de la Paz. Véase (Valko, 2013). A partir de allí, insistimos en que eclipsar toda una política de gobierno, ya sea para bien o para mal, por un hecho disminuye el análisis de la misma. La historia y la política, afortunadamente, son más complejas.

[3] La historia latinoamericana ha demostrado con innumerables ejemplos lo errado de esta visión, desde San Martín, Bolívar, Mosconi, Savio, Perón, Velasco Alvarado, Torres, Torrijos, Hugo Chávez, etc., etc.

[4] En cambio Ortega Peña y Eduardo Duhalde sostienen que lo fundamental en “la cuestión “porteños y provincianos” no gira en torno a la Aduana o a la libertad de los ríos, como lo planteara el interior provinciano, y el litoral, respectivamente, frente a Buenos Aires. Resulta fundamental analizar en cada momento histórico, quién se encuentra al frente de la Aduana, del Tesoro y del Puerto de Buenos Aires, es decir qué clase social empuñaba esos “instrumentos” y con qué efectos económicos”. En (Ortega Peña-Duhalde, 1975: 163). Felipe Varela contra el imperio británico. Buenos Aires: Schapire, página 163.

[5] Vivian Trías sostendrá que las capitales provinciales operan de la misma forma con los pueblos de sus respectivas provincias, así: “las ciudades capitales de provincia ofician como satélites de Buenos Aires y como metrópoli o sub-metrópoli de los pueblos interiores”. (Trías, 1969: 20).

[6] En la constitución de 1819 los Cabildos del interior no tenían autoridad para designar sus representantes. En contra de dicha constitución se levantan los caudillos provinciales como expresión genuina de las masas. Mientras que con la constitución de 1826, al igual que la anterior desconocía los derechos políticos de las provincias, se proclama Rivadavia como presidente, quien representaba los intereses portuarios, se declara Buenos Aires como capital de la república, y se le quitan los derechos electorales a los jornaleros y domésticos a sueldo. Surge aquí la figura de Dorrego. (Ramos, 1986).

[7] Recordemos que bajo el gobierno de Avellaneda se llevan a cabo las discusiones parlamentarias divididas entre los proteccionistas, entre sus más lúcidos defensores a Carlos Pellegrini y Rafael Hernández y los librecambistas, representados en Norberto de la Riestra. Finalmente ganan la “batalla” los proteccionistas y surgen las primeras industrias (aunque ligadas al agro en su mayoría), de nuestro país. También fundan el periódico “El industrial”, y el “Centro industrial”. véase (Dorfman, 1970) y (Schvarzer, 1996)

[8] Lamentablemente esta obra de Alfredo Terzaga quedó inconclusa, llega solamente al año 1880. Esta idea de Terzaga que es compartida por Ramos es discutida por Rodolfo Puiggrós (éste refiere al “colorado”), argumentando que los gobernadores congregados por Roca no eran herederos de los caudillos, éstos estarían “amansados”, sumado a que la política de Roca es plenamente liberal, que la “conquista del desierto” consolida a la oligarquía, y que el ’90 calificado por Ramos como contrarrevolución desconoce el papel de las masas. (Puiggrós, 1986). Entra en el debate también Hernández Arregui (quien también refiere a Ramos), quien no contraría totalmente la idea de Ramos, sostiene que es posible, pero algo dificultoso defender la tesis, al fin y al cabo afirma: “puede aceptarse que dentro de la oligarquía nacional en formación, Roca representó su tendencia más Argentina (no obstante), fue absorbido por la oligarquía y nunca dejó de ser su representante. Incluso como gran propietario de tierras”. (Hernández Arregui, 2004: 373-374)

 

Bibliografía

Ramos, J. A. (1973). Del patriciado a la oligarquía. Bs. As.: Plus ultra.

Ramos, J. A. (1986). Las masas y las lanzas. Bs. As.: Hyspamérica.

Galasso, Norberto. (2011). Historia de la Argentina. Buenos Aires: Colihue. 2 vol.

Puiggrós, R. (1986). Pueblo y oligarquía. En Historia crítica de los partidos políticos. Bs. As. Hyspamérica.

Acerbi, N. (1999). Eduardo Wilde. Bs. As.: Confluencia.

Jauretche, Arturo. (2004). Textos selectos. Buenos Aires: Corregidor.

Jauretche, Arturo. (1967). El Medio Pelo en la Sociedad Argentina. Buenos Aires: Peña Lillo..

Jauretche, Arturo. (2008). Ejército y política. Buenos Aires: Corregidor.

Hernández Arregui, Juan José. (2004). La formación de la conciencia nacional. Bs. As.: Continente.

Terzaga, A. (1976). Roca. De soldado federal a Presidente de la República. Bs. As.: Peña Lillo. 2 vol.

Alberdi, Juan B. (2007). Grandes y pequeños hombres del Plata. Bs. As.: Punto de Encuentro.

Valko, Marcelo. (2013). Los indios invisibles del malón de la paz .Buenos Aires: Continente

Martínez Sarasola, Carlos. (1992). Nuestros paisanos los indios. Buenos Aires: Emecé

Ortega Peña, R. y Duhalde, E. (1975). Felipe Varela contra el imperio británico. Bs. As.: Schapire

Pestanha, Francisco J. Roca y el revisionismo histórico. En http://nomeolvidesorg.com.ar/wpress/?p=2615

Trías, Vivian. (1969). Rosas. Buenos Aires: Siglo xxi.

Schvarzer, Jorge. (1996). La industria que supimos conseguir. Bs. As.: Planeta.

Dorfman, Adolfo. (1970). Historia de la industria Argentina. Bs. As.: Hachette.

El siguiente espacio busca realizar aportes a la construcción de una sociología e historia en clave nacional-popular y Latinoamericana, que contribuya a la liberación nacional

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