De la Comunidad Disociada a la Comunidad Organizada

Aguafuertes desde el subsuelo conurbano

Por Dionela Guidi

Por izquierda y por derecha se le ha negado al peronismo su existencia teórica, su filosofía, su corpus de ideas como respuestas nacionales a problemas nacionales, enraizados en una matriz de pensamiento mestizo, original, continental latinoamericano o hispanoamericano.

Para el liberalismo económico se trató de un colectivismo autoritario, dispuesto a elevar un Estado despótico por sobre las fuerzas individuales de la libre competencia, violando el derecho divino de la propiedad privada mediante nacionalizaciones o socializaciones. En lugar de ceñirse a generar las condiciones para que individuos en “igualdad de condiciones” desenvuelvan sus capacidades egoístas (que conllevaría a una mejor sociedad) interviene con el látigo de la disciplina gubernamental  a la “libertad privada”.

El liberalismo académico, el sustento intelectual del económico, hijos ilustrados de la dependencia enseñó en las universidades las “maniobras” del peronismo. Todo se trató una farsa, un teatro dónde un gran dictador manipuló a su voluntad con prebendas  al “populacho” poniendo freno a una supuesta revolución, una revolución de verdad, la europea con ideas europeas. No la del migrante morocho de la Argentina profunda, que trajo de una realidad agraria sus manos curtidas, su pobreza y su voluntad infinita de trabajo a las periferias de las ciudades opulentas dónde de a poco floreció la industria.

Qué clase de revolución sería, se preguntaron indignados los sabios académicos, una nacida de los  campesinos del norte “coya” o del litoral y no del dogma socialista o comunista, la del verdadero proletario citadino con “conciencia de clase”.

La izquierda marxista, esa que pulula en los furgones del proyecto colonial, le prestó conceptos a sus primos liberales de derecha para construir el “revoluciómetro” de la experiencia peronista.

Sin embargo para ellos, el problema radicó en el respeto peronista a la propiedad privada. Herederos de una raíz filosófica y antropológica  común con el pensamiento liberal, lo que mueve al Hombre en la historia es el afán de riqueza, la competencia, la explotación de unos sobre otros. La solución, en consecuencia es la construcción de un Estado totalitario, omnipresente, que diluya la propiedad privada para realizar una distribución equitativa, suprimiendo las voluntades egoístas naturales del género humano.

Entre el imperio de estos dos proyectos nació el peronismo. Propuso Comunidad Organizada en oposición a los proyectos de la Comunidad Disociada liberal o marxista. Para el peronismo la finalidad de nuestro proyecto político no es la reproducción del capital, tampoco el Estado, ni siquiera la comunidad entendida como una entelequia, sino el Hombre realizado en comunidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

Estas palabras no son una crítica hacia las sociedades  o los pueblos que hayan tenido los principios liberales o marxistas como sustento de gobierno. Sí es una crítica a la imposición imperialista colonial de tales idearios y  a la negación de la posibilidad de existencia de otros.

Tanto para el liberalismo como para el marxismo, inspirados en el proyecto político de la Razón, es la materia, la estructura la que determina nuestra existencia. Se escinde al Hombre de su dimensión espiritual.

El peronismo, heredero de la doctrina cristiana, intenta recuperar al ser humano de manera integral, por eso su finalidad no es solamente la transformación de las estructuras sino que lo vincula a un proyecto de trascendencia, a un proyecto de bienestar y felicidad que contenga y supere el aspecto económico. Que apunte a la realización individual sin la destrucción de la comunidad, que apunte a la realización comunal sin el aplastamiento y la inmovilización de los individuos.

Se leyó para algunos, como alianza de clases. Gran error, la realidad latinoamericana nunca entró en los esquemas estrictos de la dicotomía burguesía/proletariado. Su especificidad es mucho más compleja y variada. Tampoco la conducción de Perón fue “bonapartista”, porque para el peronismo cierto empresariado y trabajadores no fueron polos antagónicos sino parte de un mismo proyecto nacional, la verdadera dicotomía radicaba contra el proyecto oligárquico, al que Perón jamás aspiró a representar.

Este esquema de pensamiento propio fue un hecho imperdonable en un país con una “larga tradición en eso de importar ideologías”.

Muchos compañeros con buena voluntad ven en el peronismo puro pragmatismo, un ideario híbrido que requiere de una etapa “superior” para ser realizado. Debe conducirse necesariamente hacia uno de los polos centrales para alcanzar la identidad. Hay que ponerle “razón al mono” para que entienda hacia dónde debe ir. Si no lo hace, “no será nada”.

Por supuesto que la acción o la realización es una cuestión central en un gobierno peronista, pero eso no quiere decir que no haya un sustento filosófico- político de esa acción. La teoría de los equilibrios que esboza el peronismo es vista como una deriva ideológica para aquellos que intentan explicarle al pueblo cual es el camino, y ven “contradicciones” cuando el rumbo no es el que ellos quieren que sea.

Todo esto viene a cuento de los últimos debates sobre el rol del Estado en el peronismo. “El peronismo no es estatista” dicen con cierta parte de la verdad. “Es estatista porque nacionalizó empresas” dicen otros sin mentir.

Perón dice: “Nosotros no somos intervencionistas ni antiintervencionistas; somos realistas. El que se dice “intervencionista” no sabe lo que dice; hay que ubicarse de acuerdo a lo que exigen las circunstancias. Las circunstancias imponen la solución. No hay sistemas ni métodos, ni reglas de economía en los tiempos actuales. Hay soluciones concretas frente a un problema también concreto. Resuelto ese problema se va a presentar otro quizá, también diametralmente opuesto al anterior. A este le daremos una solución contraria al anterior, pero            no por sistema, sino por inteligente apreciación y reflexión del caso concreto” (Discurso ante Ministros de Hacienda 23-1-53)

Arturo Sampay analiza cuál es el rol del Estado y el poder político desde la perspectiva del peronismo: “El poder político debe imponer Justicia Social allí donde los particulares desatienden sus obligaciones comunitarias (…) Incumbe al Estado ordenar todo lo necesario para que la parte de la producción social destinada al consumo de los miembros de la sociedad sea distribuida entre ellos con igualdad, pero no con igualdad numérica, a tanto por cabeza, sino con igualdad proporcionada a lo que cada uno aporta con su trabajo al todo, mientras esa producción sea escasa, y a las necesidades de cada uno cuando el acrecentamiento de esa producción lo permita”. (Sampay en Ideas para la Revolución de nuestro tiempo en Argentina)

​​​Esto último es muy importante, ya que la condición de la distribución justa es el aumento acelerado y armónico de la producción social. No es la finalidad del peronismo la socialización de la pobreza. La meta es el desarrollo de las capacidades productivas del país para poder alcanzar la Justicia Social. En  la actualidad, nos hayamos frente al estancamiento de la producción con la riqueza pesimamente distribuida. El énfasis desde una perspectiva peronista, debe estar en volcar el máximo de recursos a la producción antes que transferir recursos directos de unos individuos hacia otros. Se puede comprender en momentos de paliar una emergencia pero no puede ser un objetivo a largo plazo. Que un trabajador deje de ser trabajador para pasar a ser un subsidiado, es un fracaso. Aplasta las capacidades productivas del país y obstruye la dignidad individual que genera el trabajo. Sectores políticos del proyecto colonial proponen recortar salarios y jubilaciones para costear la crisis económica.  Sectores políticos de la socialdemocracia proponen el cobro de un bono contribución por única vez a las grandes fortunas para apagar el incendio con una galletita de agua: ¿qué es esto? Pelearse por las migas ante la ausencia de un proyecto de nación.

Sigamos con Sampay: “La función de la política económica no se constituye en una fuerza demiúrgica, que de la nada crea riquezas sociales. Simplemente actúa como poder a veces orientador de la actividad de las empresas privadas y otras sustitutivo de ellas mediante las llamadas “nacionalizaciones o socializaciones” utilizando la actividad de los individuos en los organismos industriales y comerciales del Estado, sea para sustraer un monopolio de la gestión privada, a fin de evitar que la búsqueda del máximo beneficio lleve a vender poco, esto es, a producir menos para ganar más, sea para sustituir una gestión privada que no se acomoda a los fines sociales preestablecidos, sea en fin, para gobernar los principales centros de acumulación del capital financiero en vista de la racionalización de las inversiones”. (Sampay en Ideas para la Revolución de nuestro tiempo en Argentina)

En resumidas cuentas, menciona Antonio Cafiero: “La misión del Estado es promover el bien común y asegurar la justicia social. El gobierno decide articular un programa nacional de desarrollo económico planificado desde el Estado y librado en gran medida a la realización de los particulares”. (Cafiero, 307:1974)

Bajo esta concepción fue posible que el Estado peronista nacionalizara y gestionara los ferrocarriles, la Coordinación de Transportes, las telecomunicaciones, la creación de Gas del Estado (durante la revolución juniana), la creación de Agua y Energía Eléctrica, la consolidación y expansión de la flota mercante, la creación de Aerolíneas Argentinas, la creación de Industrias Aeronáuticas y Mecánicas del Estado (IAME), el comercio exterior a través del IAPI, los puertos, el Banco Central, los seguros a través de IMAR luego INDER, la creación de la Comisión Nacional de Energía Atómica, la gestión del grupo de empresas japonesas y alemanas que quedaron bajo la gestión del Estado cuando el gobierno militar  rompió relaciones con las potencias del Eje. Se enmarcaron bajo la Dirección Nacional de Industrias del Estado (DINIE) y congregó a cuarenta y nueve empresas metalúrgicas, eléctricas, constructoras, químicas y textiles, sólo por mencionar los ejemplos más sobresalientes.

En consonancia con esto, sostuvimos: “No somos enemigos del capital aún foráneo, que se dedica a su negocio, pero sí lo somos del capitalismo aún argentino, que se erige oligarquía para disputarle a la Nación el derecho de gobernarse por sí” (Perón, Mensaje al Congreso 1-5-1948)

Por lo tanto, sin intenciones de abolir la propiedad privada, lo que se intenta es subsumirla a fines superiores, planificados desde el gobierno y anclados en una doctrina de trascendencia social-cristiana.

De este modo se otorgaron desde el Banco de Crédito Industrial casi 300.000 préstamos a la industria (1943-1955), se produjo una transferencia de tierras fiscales improductivas a la propiedad privada en el marco de la acción implementada por la Gerencia de Colonización del Banco de la Nación Argentina. Se adjudicaron 2.195.669 hectáreas a propietarios privados para ponerlas en producción.

Menciona Cafiero: “El rápido progreso de la industrialización nacional, merced al generoso apoyo brindado por el Estado, abrió para un sinnúmero de argentinos que hasta entonces vegetaban por oportunidades de trabajo se veían compelidos a mantenerse en una situación de dependencia por carecer de capital y de perspectivas de trabajo, una oportunidad insospechada. Miles de empresas nuevas, muchas de ellas constituidas por ex obreros o empleados calificados, que alcanzaron así la categoría de propietarios industriales, se incorporaron al quehacer productivo nacional”. (Cafiero en De la economía social –justicialista al régimen liberal-capitalista)

Por su parte también el IAPI promovió que las cooperativas agrarias fueran asumiendo las actividades comerciales que el mismo organismo desempeñaba. El objetivo era que los propios productores fueran los únicos distribuidores de esa riqueza del suelo argentino.

Estas nociones político-filosóficas y económicas deben servir al movimiento nacional bajo conducción peronista como guía de principios para evaluar las medidas actuales y establecer los criterios a partir de los cuales se erija un proyecto nacional.

La reciente negociación para la reestructuración de la deuda con bonistas privados puede ser leída bajo esta clave. De alguna manera resulta tan “antipolítico” salir a festejar cualquier medida gubernamental o dirigente cualquiera sea, por el solo hecho de serlo, bajo el criterio de “bancarlostraposporquesinovuelvemacri” (y esto cuenta para “Si a Vicentin”, la reestructuración de la deuda, “No a Vicentin”, “mandar a leer” a una periodista, pantomima actoral parlamentaria de los parientes con música de los redondos, el IFE o el último paseo de Dylan por el parque) como oponerse a cualquier medida de gobierno, por el solo hecho de serlo, como certificado de pureza ideológica, una actitud que en última instancia conduce al inmovilismo porque “nadaestanbuenocomofue”.

Volver a la teoría de los equilibrios que se plasma en el pensamiento de Perón, como un posicionamiento en nuestras actitudes militantes, seguramente nos volverá saludablemente críticos al mismo tiempo que lo suficientemente pragmáticos para no perder vocación de poder y  reconstruir una nación devastada.

Sería necio no reconocer una negociación con acreedores privados que representaba una soga al cuello  en el corto y en el largo plazo. En el corto plazo, logramos aflojar la soga, aprovechemos la oportunidad para establecer una planificación gubernamental seria y una agenda de desarrollo. Si la negociación fue buena, mala o absolutamente inútil debe ser evaluada en el marco de un proyecto nacional. Si no se toman medidas que reconstruyan la industria nacional con justicia social, si no se desandan los mecanismos económico-financieros que nos trajeron hasta acá, repetiremos una y otra vez las mismas andanzas. Si no se crean las estructuras jurídicas, políticas y económicas que obstruyan el accionar rapaz de los agentes privados externos e internos en connivencia con gobiernos que toman deuda para financiar esos mecanismos de saqueo, seguiremos flotando en la barcaza de la dependencia, a merced de lo que esas voluntades pretendan hacer de nosotros.

Con todas sus limitaciones, hoy por hoy el peronismo está dando todo lo que puede dar. Con los condicionamientos externos, con dirigencias mediocres, con compañeros/as notables, con las agendas externas imponiéndose siempre sobre las agendas locales. Estoy convencida que la organización de las llamadas instituciones intermedias, esto es, sindicatos, movimientos sociales, pequeño empresariado industrial, organizaciones religiosas, etc,  en concurrencia con el ala nacional de la gestión del Estado articulados en torno a estas premisas, irrumpirán en la historia con la fuerza de un huracán.

Para que ello suceda primero debe estar en nuestras cabezas, debe convertirse en nuestra manera de pensar y de actuar. El peronismo deberá refundar sus propias estructuras actuales, tendrá que revolucionarse a sí mismo para reencontrarse.

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El siguiente espacio busca realizar aportes a la construcción de una sociología e historia en clave nacional-popular y Latinoamericana, que contribuya a la liberación nacional